lunes, 4 de marzo de 2013

Fotógrafos en las trincheras:Ernst Brooks y John Warwick Brooke




Durante la Gran Guerra la presencia de corresponsales en los campos de batalla estuvo prohibida, tanto en las líneas francesas y británicas como en las alemanas y tan sólo pasando una estricta selección algunos fotógrafos militares acreditados conseguían la banda blanca que los autorizaba como fotógrafos de prensa.
Soldados británicos y prisioneros alemanes, Batalla del Somme 1916



Tommy en la trinchera, batalla del Somme. J.W. Brooke
En el caso británico hubo una presencia mayor de fotógrafos debido a la intervención del embajador británico en Washington, que envió una carta a la secretaría de Asuntos Exteriores sugiriendo la conveniencia de fotografiar el conflicto. Se envió a dos fotógrafos, Ernst Brooks (fotógrafo oficial de la fasmilia real de Jorge V) y Warwick Brooke, responsables de la imagen del ejército británico entre 1916 y 1918. Brooks fue el primer fotógrafo oficial británico  en llegar a las primeras líneas del frente oeste, ya en 1916, tomando imágenes cámara en mano, consigue realizar imágenes propagandísticas y gracias a su dominio de los efectos de luz, algunas imágenes muy artísticas. A Warwick Brooke se le encargó tomar todas las imágenes posibles y de la mayor variedad. Se estima que desde 1916 a 1918 pudo tomar unas 4.000 fotografías, entre ellas algunas de las fotografías más emblemáticas de la Primera Guerra Mundial. Las autoridades británicas autorizarán a publicar aquellas imágenes que contribuyeran a levantar el ánimo de los soldados, mostrar superioridad sobre el enemigo, despliegue de tropas, prisioneros de guerra,etc. En este sentido la censura afectaba no sólo a la elección de la temática sino a la forma de abordar el objeto de  la fotografía. El fotorreportero era conducido al lugar deseado por los mandos para realizar las fotografías.  Hacía lo que se le ordenaba porque un fotógrafo podía convertirse en un enemigo potencial...
Silueta del 8º batallón de Yorkshire. Ernst Brooks

miércoles, 13 de febrero de 2013

Una escenografia de guerra

Después de la entrada correspondiente a la novela  antibelicista, Las aventuras del soldado Schwejk,   donde se pone de manifiesto lo absurdo de la guerra y el sinsentido de las autoridades militares y religiosas,  reproducimos la primera escena de la adaptación teatral de Mónica Zgustova pensada para unos nueve actores y ambientada en distintos lugares de Praga. Se trata de la peculiar visión humorística del atentado de Sarajevo que ya reprodujimos desde el punto de vista narrativo.
 Los diálogos hilarantes constituyen una excelente materia prima teatral que permite adaptaciones ágiles y llenas de humorismo, bastante cercanas a la sensibilidad de nuestros alumnos
Escena 1.

En casa de Svejk.
Sra. Müllerová.- ¡Ay! Madre santísima, Dios mío, Dios mío. ¿Pero no sabe lo que ha ocurrido? Nos han matado a Fernando.
Svejk.- ¿De qué Fernando habla, señora Müllerova? Yo conozco a dos Fernandos. Uno es el criado del dueño del colmado, Prusa, aquel que una vez se tragó por error una botella de mascarilla para el pelo. Y también conozco a un tal Fernando Kokoska, que recoge mierda de perro. ¡No perdería gran cosa el mundo sin ninguno de los dos!
Sra. Müllerova.- Pero, señor mío… ¡ Se trata del archiduque Fernando, el de Konopiste, aquel hombre gordo y piadoso!
Svejk.- ¡Virgen santísima! ¡Qué cosas! Y, dónde le ha pasado eso al archiduque?
Sra. Müllerova.- En Sarajevo, señor, con un revólver, mientras iba en coche con esa mujer, la archiduquesa.
Svejk.- ¡Caramba, señor Müllerova! ¡En coche! Claro, un señor como él se puede permitir ese lujo y ni se le ocurre que un viaja así pueda acabar mal. Y, además, en Sarajevo, o sea, ¡en Bosnia, Señora Müllerova! Seguramente habrá sido cosa de los turcos. No les debíamos haber quitado Bosnia-Hercegovina. Vaya, vaya. Así que el señor Archiduque ya reposa en la paz del señor. Y ¿sufrió mucho?
Sra. Müllerova.- El archiduque la diñó en el acto, señor. Ya se sabe, con un revólver pocas bromas.
Svejk.- Hay revólveres que no disparan por más que uno insista, señora Müllerova, y en cambio otros… Pero para el archiduque habrán comprado un artefacto de los mejorcitos. Apuesto lo que quiera a que, además , el chico que lo hizo iba endomingado para la ocasión. Está claro que disparar al archiduque no es un juego de niños. No es como cuando un cazador furtivo dispara a un guarda forestal, no. Lo que importa es la manera de acercarse a él. No puedes ir a ver a un señor así, hecho un pordiosero. Hay que llevar un sombrero de copa si no quieres que la policía te trinque.
Sra. Müllerova.- Parece que han sido más de uno, señor.
Svejk.- Sin duda alguna. Si usted quisiera matar a un archiduque o a un emperador, seguro que consultaría con alguien más. Cuántas más personas más cordura. Uno propone una cosa, aquél otra, ya sí es como “todo sale bien”, según reza nuestro himno nacional. Gente honrada hoy en día hay poca. Señora Müllerova. ¿Le disparó una o más veces?
Sra. Müllerova.- Los periódicos dicen que el archiduque tenía más agujeros que un colador. Le vaciaron el cargador entero.
Svejk.- Sí, son cosas que se hacen en un santiamén, señora Müllerova, en un visto y no visto. Para algo así yo me compraría una browning. Parece un juguete, pero en dos minutos puedes matar a tiros a veinte archiduques, sean gordos o flacos. Aunque, dicho sea entre nosotros, señora Müllerova, un archiduque no puede de ninguna manera ser delgado. Venga, pues, me voy a  la cerveceria el Cáliz. Si viene alguien a recoger a ese perro faldero del que ya he cobrado el anticipo, le dice que lo tengo en la perrera, en el campo…; es que hace poco le corté un poquito las orejas y hasta que no se le curen las heridas no lo puedo sacar porque cogería un resfriado. Déjele la llave a la portera.
(sale)

sábado, 26 de enero de 2013

Historias de la guerra

A medio camino entre la  condición de aventurero y la de bohemio, la agitada vida del escritor Enrique Gómez Carrillo incluye un importante  capítulo en la crónica bélica de la Gran Guerra.
Presidente  de la Asociación de corresponsales  extranjeros en París, fue condecorado por el Gobierno francés y, como corresponsal del diario español  El Liberal, ofrece un testimonio directo de las trincheras, las aldeas bombardeadas y, lo que resulta más literario, sus gentes. “Pequeñas historias de la  Gran Guerra es el libro (recientemente reeditado por   Librosdelaballena )  que recoge esta particular intrahistoria de los verdaderos protagonistas humanos del conflicto, así como una serena reflexión sobre las guerras modernas y las personas que en ellas participan.
El cronista conversa con un inglés que consigue capturar a nueve soldados alemanes con un revólver descargado o escucha el relato sobre varios soldados enloquecidos que ríen mientras caen las bombas a su alrededor.
 Una visión periodística muy adelantada de este  corresponsal de origen guatemalteco,  cuyo carácter y personalidad le hicieron protagonizar también la crónica social de la época:  seductor y  bien relacionado , vivió  la mayor parte de su existencia en París donde se codeó  con los intelectuales y artistas de la época. Supuesto amante de la espía  Mata Hari y segundo esposo durante un breve periodo de la cantante Raquel Meller        – sobre la que firmó una biografía de referencia- supo ser testigo de  las dos caras de la sociedad de su tiempo.

miércoles, 9 de enero de 2013

El atentado de Sarajevo

El 28 de junio de 1914, aproximadamente a las 11 de la mañana, el heredero al trono del imperio austrohúngaro Francisco Fernando y su esposa fueron asesinados en Sarajevo  por Gavrilo Princip, extremista serbio, tras una serie de pequeños incidentes que casi frustran el atentado. Este acontecimiento fue uno de los desencadenantes de la Primera Guerra Mundial.

Ilustración de Josef Lada
 Con este acontecimiento comienza esta divertida sátira antimilitarista, Las aventuras del valeroso soldado Schwejk, quien charla tranquilamente con su criada:
-De modo que nos han matado a Fernando. (...)
-¿Qué Fernando, señora Müller?-preguntó Schwejk sin dejarse de dar masajes en la rodilla-Conozco a dos Fernando. Uno es criado del droguero Pruscha y alguna vez se ha equivocado y ha bebido tinte para el pelo, y luego conozco también a Fernando Kokošchka, que anda recogiendo estiércol. El mundo no se pierde nada con ninguno de los dos.
-¡Pero señor! Ha sido al archiduque Fernando, al de Konopischt, al gordo y piadoso.
-¡Jesús María! .¿Qué curioso!Y, ¿dónde le ha ocurrido eso al señor archiduque?
-En Sarajevo. Lo han matado con un revólver, señor. Fue allá en automóvil con la archiduquesa.
-¡Vaya, señora Müller! ¡En automóvil! Sí, un señor como él puede permitirse ese lujo y no piensa ni por un momento que un viaje así puede acabar en desgracia. Y además en Sarajevo, que es Bosnia, señora Müller. Seguro que lo han hecho los turcos(…) Supongo que el archiduque Fernando no imaginó que aquel hombre iba a matarle. Vio que era un caballero como los demás y pensó: Si grita ’¡Viva!’ seguro que es un hombre honrado. (…)
-Los periódicos dicen que el archiduque quedó como un cedazo, señor. Le disparó todas las balas. (…)
-Para esto yo me compraría una Browning. Parece un juguete pero en dos minutos puede matar a veinte archiduques, flacos o gordos, a pesar de que, dicho sea entre nosotros, señora Müller, acierta mejor con un archiduque gordo que con uno flaco”
.


 

lunes, 7 de enero de 2013

Las aventuras del valeroso soldado Schwejk

             Estamos en una taberna de Praga, invierno de 1921. El escritor checo Jaroslav Hasek lee a sus camaradas un pasaje del libro que está escribiendo por entregas. Estos se desternillan de la risa con las ocurrencias del protagonista, un personaje rescatado de cuentos anteriores del autor.
            Jaroslav acaba de regresar hace no mucho a su patria, la recién creada República de Checoslovaquia, tras haber combatido en la Primera Guerra Mundial al servicio de la monarquía austrohúngara y haberse pasado al bando enemigo en una emboscada del ejército ruso. En Rusia ha sobrevivido milagrosamente, se ha distinguido en algunas acciones y se ha convertido al bolchevismo.Ello no le ha impedido regresar a su patria como ferviente nacionalista checo y retomar su anterior vida bohemia.

           
         Y Jaroslav fabula junto a una buena jarra de cerveza en  torno a este antihéroe, el soldado Schwejk, entretejiendo pasajes de su vida personal, añadiendo personajes muy reconocibles de su entorno de Praga y anécdotas de su paso por la guerra, incluyendo los nombres reales de sus protagonistas. Y es que el autor también pasó brevemente por un manicomio, fingió reuma para no verse enrolado, fue traficante de perros cuyos pedigrís falsificaba, fue cronista de una revista científica sobre animales de la que fue despedido por inventar especies inexistentes.Y algunos secundarios de su obra, como el capellán Otto Katz existieron realmente.
       Sus excesos y su quebrantada salud le impedirían
finalizar la obra, que sería terminada por un colega. El resultado fue una obra enormemente popular en su país además del gran clásico de la literatura checa, deudora de otros clásicos como el Quijote de Cervantes, nuestro Lazarillo o el Pantagruel de Rabelais, a los que rinde homenaje.Y una rara aportación a toda la literatura antibélica de los años 20 por su frescura, su mirada satírica y burlona sobre la vieja monarquía austrohúngara y por el hedonismo y sentido práctico de ese personaje inolvidable de Schwejk (que es Sancho a veces pero también Quijote), inmortalizado en las ilustraciones de Josef Lada.
 
Los dos médicos se miraron y uno de ellos preguntó a Schwejk:
_¿Habían examinado ya alguna vez su estado mental?
_ En el servicio militar_ contestó Schwejk con solemnidad y orgullo_. Los médicos militares me declararon idiota manifiesto.
_¡Me parece que es usted un farsante! Le gritó el segundo médico.
_ Señores, no soy ningón farsante, soy un verdadero idiota...
                                 ….........................
Los médicos forenses abajo firmantes basan su juicio, relacionado con la estupidez absoluta y el cretinismo innato de Josef Schwejk, comparecido ante la citada comisión, en el hecho de que el sujeto se expresa con palabras como “¡Viva el emperador Francisco José I!”, exclamación que, por si sola, es suficiente para demostrar que su estado mental es el de un idiota absoluto.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

La maleta de Sofía


Sofía López Casanova, escritora coruñesa, casada con el diplomático polaco Wincenty Lutolslawski, vivió en directo los principales acontecimientos de las contiendas bélicas del siglo XX: la Primera Guerra Mundial, la Revolución bolchevique y la persecución de los judíos en la Segunda Guerra Mundial.  Escribió crónicas de cada uno de estos episodios de la historia europea para ABC, La Época, El Liberal y también  en la prensa internacional. En 1916 se publican sus testimonios antibelicistas, como cronista y enfermera en el frente de Varsovia, bajo el título "De la guerra".
La productora de Sercicios Audiovisuales Galegos SAGA ha realizado un documental sobre la apasionante vida de esta gallega cosmopolita.

jueves, 19 de julio de 2012

Dulce et decorum est pro patria mori

El título es una expresión utilizada en la Roma Antigua, que proviene de un poema lírico escrito por el poeta Horacio (Carmina 3, 2, 13). Se traduce al Español como: "Dulce y honorable es morir por la patria".
El poeta de guerra Wilfred Owen la utilizó  de forma satírica en su poema titulado Dulce et Decorum Est,  escrito durante la Primera Guerra Mundial(Owen fue muerto en acción una semana antes del fin de la guerra, en 1918).
Reproducimos los versos de Horacio:
“DULCE ET DECORUM EST PRO PATRIA MORI:
mors et fugacem persequitur virum
nec parcit imbellis iuventae
poplitibus timidove tergo
.”
(DULCE Y HONROSO ES MORIR POR LA PATRIA:
la muerte persigue al hombre que huye
y no perdona de una juventud cobarde
ni las rodillas ni la temerosa espalda)
Y los de Owen:
 Torcidos, como viejos mendigos bajo sus hatos,
renqueando, tosiendo como brujas, maldecíamos a través del lodo,
hasta que donde alumbraban las luces de las bengalas nos dimos la vuelta
y hacia nuestra lejana posición empezamos a caminar afanosamente.
Los hombres marchaban dormidos. Muchos habían perdido sus botas
Pero abrumados avanzaban sobre zapatos de sangre. Todos cojos, todos ciegos;
Borrachos de fatiga, sordos incluso al silbido de las balas
Que los cansados cañones de calibre 5.9 disparaban detrás de nosotros.


“¡Gas, gas! ¡Rápido, muchachos!”; un éxtasis de desconcierto,
Poniéndonos los toscos cascos justo a tiempo;
Pero alguien aún estaba gritando y tropezando
Y ardía retorciéndose, como ahogándose en cal viva…
Borroso, a través de los empañados cristales de la máscara y de la tenue luz verde,
Como en un mar verde le vi ahogarse.
En todas mis pesadillas, ante mi impotente mirada,
Se desploma boqueando, agonizando, asfixiándose.


Si en algún sofocante sueño tú también puedes caminar
Tras la carreta en la que lo pusimos,
Y mirar sus blancos ojos moviéndose
En su desmayada cara, como un endemoniado.
Si pudieses escuchar a cada traqueteo
El gorgoteo de la sangre saliendo de sus destrozados pulmones,
Repugnante como el cáncer, nauseabundo como el vómito
De horrorosas, incurables llagas en lenguas inocentes,
Amigo mío, no volverías a decir con ese alto idealismo
A los ardientes jóvenes sedientos de gloria
La vieja mentira: “Dulce et decorum est pro patria mori”.